jueves, 8 de marzo de 2018

La madre de las discriminaciones: la económica

Justo un 8 de marzo, fecha consagrada mundialmente como el día de la mujer en virtud de su lucha para evitar la discriminación por cuestiones de sexo, se me ocurrió plantear el problema de la discriminación desde un punto de vista global.

En breves líneas intentaré sentar mi posición sobre el tema y aclarar algunas cuestiones que parecerán álgidas tomando en cuenta el tenor de la temática tratada.

Empecemos por algo básico: ningún tipo de discriminación es bueno, ello si tomamos el sentido de discriminación que le asigna la definición dada por la RAE: "Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales , religiosos , políticos , de sexo , etc.". Ahora bien, voy a ser osado y al final de este texto voy a proponer un tipo de "discriminación" que podría ser "aceptable" en una sociedad. Sin embargo, haré trampa, porque le llamaré "discriminación" a algo que según la RAE no lo es, pero adoptaré tal vez un sentido amplio del término, entendiéndolo como "hacer diferencias entre las personas". Veamos.

La lucha social por lograr la igualdad de todas las personas viene prácticamente desde los inicios de la humanidad. Siempre existió discriminación (a veces por sexo, otras veces por raza, y otras veces por cuestiones religiosas o políticas). Es más, en las polis griegas las mujeres no eran consideradas "ciudadanas" a los efectos de participar en la toma de decisiones políticas. Menuda discriminación.

Sin embargo, pocas veces en este derrotero se ha planteado el problema que desde mi punto de vista genera la discriminación más aberrante y estigmatizante: la discriminación económica. Si, obvio, todos estamos en contacto constantemente con las distinciones de clases, y la lucha de clases no deja de ser un movimiento histórico también, pero creo que no se le da la real importancia a la discriminación económica como si se le da a otros tipos de discriminaciones. Creo que la sociedad no llegó a comprender aún que cualquier tipo de discriminación cede ante la discriminación económica, porque ella es la que socava cualquier tipo de progreso que pueda tener la persona discriminada en el transcurso de su vida, y creo que no hay peor flagelo que el de no poder progresar o tener un objetivo -esto obviamente asimilable a la discriminación racial sufrida hace años donde ciertas personas eran tomadas como esclavos, aunque si nos ponemos a pensar en ese caso también existía una "discriminación económica" porque en rigor de verdad la consecuencia era hacerle realizar a esas personas trabajos sin remuneración-.

La discriminación económica es no permitir que todas las personas tengan iguales posibilidades de acceso a ingresos monetarios. Es evitar que cierta parte de la sociedad acceda a trabajos que, por su remuneración y condiciones, haría que lograran un progreso dentro de los estratos sociales.
¿Cómo se gesta esta discriminación económica? La principal causa es la inactividad del Estado. Viviendo en una economía capitalista, con libre movilidad de capitales y libertad de comercio, es el Estado el que debe asegurar que el que menos tiene logre tener iguales posibilidades que aquellos que más tienen, y para que ello ocurra tiene que proveer de servicios públicos eficientes. 

Es inadmisible que un país que tiene la carga tributaria que tiene Argentina no logre generar servicios públicos de calidad que equiparen -y hasta superen- a ciertos servicios privados. El Estado está en falta cuando los recursos públicos no alcanzan para brindar una salud pública de primer nivel, o una educación básica que prepare a los chicos para luego ser profesionales, o un servicio de seguridad que proteja a la sociedad. El Estado está en falta cuando no asegura que se pueda transitar con seguridad por todas las rutas y calles del país, y está aún más en falta cuando no logra que los servicios de transporte público funcionen como deben, ya que ellos son los que mayores beneficios económicos traen a la sociedad por varios motivos: primero porque los usan las personas de menores recursos y segundo porque generan menores efectos nocivos en el medioambiente. Y finalmente, el Estado está en falta cuando dilapida esos recursos en dar prebendas para ganar votos y no los usa para generar un incentivo positivo en esas personas de estudiar, capacitarse y trabajar.

Y aquí, llegando al final del relato, es donde planteo la polémica: la única "discriminación" admisible es aquélla que separa a las personas por su capacidad. Cada quién tiene que hacer lo que mejor puede, aquéllo para lo cual tiene una mayor capacidad. Todas las personas tienen capacidades diferentes y eso es algo bueno, porque todas pueden aportar cosas distintas a la vida social. En una economía esto es fundamental porque se necesita de muchas "herramientas", y de distinto tipo, para lograr que el engranaje funcione. Obviamente, algunos cobrarán más y otros menos según la valía de la función que puedan cumplir, pero lo esencial es evitar que esa distinción tenga lugar porque la persona no tuvo la posibilidad de capacitarse en el transcurso de su vida. Es decir, y quiero ir terminando, la discriminación por capacidad no puede tener como origen la discriminación económica. Si en una sociedad una persona hace algo distinta que otra, y cobra menos por ello, debe ser porque esa persona puede ofrecer eso, no porque no pudo aprender otra cosa o porque no pudo potenciar sus habilidades.

Evitar la discriminación es dar igualdad de posibilidades a todos, y esas posibilidades dependerán obviamente de las habilidades de cada uno, pero lo vital y esencial es que esa "igualdad" exista. Que se entienda: no todos somos iguales, pero todos merecemos tener igualdad de posibilidades para lograr nuestros objetivos, para que luego si no los logramos sea exclusivamente por nuestra propia responsabilidad.

Por todo esto que acabo de exponer es que yo creo que la discriminación más ultrajante es la económica, la madre de todas las discriminaciones.

viernes, 26 de enero de 2018

El camino argentino a la felicidad



Supongamos que una persona quiere ir del punto A al punto B. Según este singular esquema tendría 2 caminos: ir de A a B directamente o hacerlo pasando por C y por D. Obviamente el camino que conlleva el menor gasto económico es el directo. Bueno, lamentablemente la sociedad argentina -en su mayoría- no elige esto último. ¿Cómo es esto? Paso a explicar.

Este sencillo esquema de puntos y flechas grafica lo que, a mi entender, es la forma de actuar del argentino medio cuando tiene un objetivo delante de sus narices. El punto A es de donde parte la persona, y B es a donde quiere llegar, pero en lugar de transitar ese camino más largo -pero más directo- prefiere tomar "atajos" yendo por C y por D. 

Lo que trato de esquematizar con este diagrama es el respeto o no por las normas y la consciencia de bien común. De esta manera, ir directamente de A a B significaría cumplir las reglas -esperando que al mismo tiempo otros también lo hagan- y por ende lograr el bien común -identificado como todos llegando a B-. Por otro lado, no cumplir con la ley implicaría tratar de llegar a B individualmente, transitando antes por C y por D -con el riesgo de que si algo no sale bien terminemos en E o F que significaría el fracaso-.

C y D representan puntos egoístas, donde el ser humano transita sólo y -si es necesario- pisandole la cabeza a cualquiera que se le interponga. Que quede claro: no desconozco la naturaleza salvaje del ser humano y la competencia constante en la que se involucra, pero el tránsito de C y D yo lo relaciono con la anomia, con el rompimiento de las normas socialmente establecidas.

La elección del tránsito con paradas intermedias rompe el vínculo social y atenta absolutamente contra el bien común. Supongamos que una sociedad se compone de 10 personas, y que para alcanzar el bien común que se han propuesto 8 deben al menos ir de A a B directamente. Basta con que 3 personas opten por "aislarse" y andar solas para que las 7 restantes se perjudiquen. Bueno, exactamente así opera el argentino promedio, pensando que actuando por su cuenta logrará el mejor rédito.

En alguna otra oportunidad expliqué que el ser humano es racional y un maximizador de utilidades por excelencia, por lo tanto uno podría pensar que es lógica y hasta económica la actitud de buscar constantemente el beneficio personal. Sin embargo, este planteo es incorrecto si logramos entender que vivimos en una sociedad y que, por lo tanto, toda acción que desarrollemos tendrá alguna consecuencia en alguien más. Así, supongamos que una persona egoísta, en su intento de llegar a B, avanza hacía C. Al moverse en este sentido, en lugar de jugar en conjunto intentando alcanzar B junto con el resto de la sociedad, promueve resultados negativos para terceros, estos se verán perjudicados y no lograrán llegar a B. El actor individual posiblemente llegue a C, pero para seguir avanzando necesitará seguir moviéndose solo, y nadie le asegura que llegue a D, puede terminar en E, o inclusive luego de llegar a D terminar en F y nunca alcanzar B -todo dependerá de si "triunfa" o no contra sus "rivales"-. Si esto ocurriese, la acción de una sola persona habrá hecho que varios no lleguen a B -incluida ella misma- por no tomar el camino grupal, por no buscar el bien común de toda la sociedad. Como se ve, dicha acción es absolutamente anti económica porque genera un gran desperdicio de recursos -los de la persona que se desvió del camino y los de todos aquéllos que no llegaron a B por la actitud de aquélla-.

El corolario de este breve análisis es que es necesario tener presente siempre que cuando nos movemos -tomamos decisiones- estamos afectando la vida de alguien -a veces positiva y otras veces negativamente-. Desde ya que en ciertas ocasiones nuestras acciones tendrán efectos negativos en algún punto para alguien y eso es inevitable (como por ejemplo cuando rendimos un examen para entrar en algún puesto de trabajo y por "culpa" de nuestro triunfo alguien es derrotado), pero la clave es tratar de evitar aquéllas que si pueden serlo. Me refiero específicamente a seguir las normas. 

Cuando una persona viola una regla social, genera repercusiones negativas de escalas casi imposibles de mensurar. No somos conscientes del daño que hacemos a la sociedad cuando quebramos la ley, no sólo por el efecto inmediato que ello puede tener (por ejemplo un accidente de tránsito) sino también por los efectos mediatos, es decir, aquéllos diferidos en el tiempo. Cuando las normas son violadas sistemáticamente se genera una costumbre contra legem -costumbre contra legal- que termina derogando tácitamente a las mismas. Es decir, la sociedad empieza a creer que esa norma no existe más y que es "normal" actuar en contra de sus disposiciones. Esto es terrible porque es el fin del pacto social que hacemos al entrar en la vida en sociedad, y transforma a esta última en una mera conglomeración de personas que intentan, cada una por su cuenta, sacar el máximo rédito de cada acción que desarrollan. No es casual que los países culturalmente más desarrollados tengan mejores tasas de equidad social y económica y que los que tenemos amplios problemas actitudinales y de comprensión normativa no logremos nunca salir adelante.


jueves, 14 de diciembre de 2017

¿Capitalismo o comunismo?...La fortuna

El título que elegí para este artículo puede llamar la atención y parecer intrincado y sin sentido, pero no, al finalizar su lectura lo entenderán, siempre y cuando tengan interés en definitivamente saber que sistema económico es mejor: ¿el capitalismo o el comunismo? ¿Adam Smith o Karl Marx? ¿USA o URSS? ¿Trump o Putín? (?)....me fui por las ramas.

La discusión entre ambas teorías económicas es harta arcaica. Por años el mundo planteó la grieta entre ellas y la gente debió tomar posición entre una u otra, a veces por convicción y otras tantas por miedo a las represalias.

El mundo del siglo 21 se plantea como uno donde el comunismo prácticamente ha dejado de existir. Sin embargo, paradójicamente, se registran varios casos de resurgimientos del Estado de Bienestar, que si bien lejos está de ser una forma de comunismo, tiene matices que podrían asimilarse a una economía centralmente planificada. Podemos mencionar varios casos de populismos en América Latina (Venezuela con el binomio Chávez-Maduro, Brasil con Lula-Dilma, Argentina con el matrimonio Kirchner, Uruguay con Pepe Mujica, etc), gobiernos socialistas en países del norte de Europa y Francia, y hasta el propio Donald Trump adoptando políticas proteccionistas que son más propias de un Estado cerrado de bienestar que de una economía ultra capitalista y globalizada. Por lo tanto, si bien parece etérea, la discusión recobra una cierta vigencia.

Ahora bien, ¿podemos afirmar certeramente que un sistema sea mejor que el otro?. No se, lo que si podemos asegurar es que ninguno de ellos es perfecto, ni está cerca de serlo, pero vamos por partes.

Lo primero que el lector debe asumir, por más dolor que genere, es que los recursos económicos son limitados. He tenido varias discusiones con distintas personas por este tema y francamente considero bastante absurdo negarlo. El planeta no genera recursos suficientes para mantener a toda su población, así de sencillo. Entonces, el problema que encara cualquier sistema económico no es sólo el de producir sino el de redistribuir recursos, y la cuestión es cuál es la mejor manera de hacerlo.

Por un lado, el capitalismo ofrece libertad de mercado y la actuación de la "mano invisible" de Adam Smith, David Ricardo y muchos otros libertarios del siglo 19. Supone que el mercado regulará la generación y distribución de recursos de manera eficiente.
Por el otro, el comunismo entiende que esa "mano invisible" no existe y que es el Estado el que debe intervenir para determinar que recursos utilizar, para que, cómo y a quién asignarlos. En definitiva en el comunismo es el Estado quien dispone que producir, cómo y a quién entregar los productos.

Introducidos los postulados de ambos esquemas, lo segundo que tenemos que tener presente es que el ser humano es un ser racional y, especialmente, un maximizador natural de utilidades, por lo que siempre tomará sus decisiones buscando optimizar sus beneficios. Tal vez puede sonar frívolo, pero es una realidad que el Hombre siempre intentará, de forma voluntaria o involuntaria, ganar más en todas las situaciones donde le toque intervenir. Cuándo uso el verbo "ganar" no quiero limitarlo solamente a lo "material", al "dinero", sino a cualquier cosa que le genere satisfacción a esa persona, inclusive una cuestión sentimental. Aquí subyace lo tercero que debe tener en cuenta el lector: el ser humano es naturalmente "egoísta" porque siempre tenderá a tomar decisiones que maximicen sus utilidades.

En este punto debo hacer una salvedad: el egoísmo al que me refiero no actúa como un opuesto de solidario. Es decir, una persona puede ser económicamente "egoísta" y aún así ser solidaria con el prójimo y hacer beneficencia en ciertas situaciones (ya sea con dinero, otros bienes materiales u ofreciendo ayuda a modo de servicios). Esto es así porque el egoísmo económico que deriva de la afirmación de que el hombre es un ser racional y maximizador de utilidades funciona en otro plano, mucho más inconsciente que consciente, y desde ya no tiene una connotación negativa, es algo que "es", sencillamente.

Entonces, ya sabiendo que le ser humano es racional, maximizador de utilidades y egoísta por naturaleza resta considerar su actuación en ambos sistemas económicos puestos bajo la lupa. Fácilmente nos daremos cuenta de que uno u otro fallarán indefectiblemente.

Por un lado, pensemos al Hombre en el capitalismo, donde la libertad de mercado le permite hacer negocios "sin restricciones". Evidentemente este sistema es el que mejor permite el desarrollo de aquéllas características que mencionamos repetidamente en el artículo, con lo cual al final del camino el más fuerte, o el dotado de mejores condiciones, será el que acumule mayores y mejores recursos. Es más, ni siquiera será necesario ser más fuerte o más inteligente para "triunfar", bastará con tener más suerte que los otros. Es insoslayable que la fortuna juega un papel fundamental en la vida, sin ir más lejos si pensamos que es sumamente determinante el lugar y tiempo donde una persona nace para su devenir.

Por el otro, si vemos las cosas desde el comunismo, el Hombre participará como un elemento más de un todo que es el Estado. El rol que tenga el ser humano en dicho esquema vendrá determinado, una vez más, por la fortuna que tenga de pertenecer o no a la clase dirigente o acomodada de la sociedad. Es decir, el sistema en si no ofrece mejores condiciones que el capitalismo porque los recursos que reparte el Estado son, como ya dijimos, limitados, por lo tanto ellos de forma alguna alcanzarán para que todos los ciudadanos vivan dignamente. Los postulados comunistas proponen la eliminación de las clases sociales repartiendo los recursos de forma equitativa, pero ello no asegura que todas las personas puedan vivir bien, de hecho es todo lo contrario, como los recursos son escasos la gente en los países que adoptaron sistemas de planificación centralizada ha tenido que vivir en estados de pobreza y desabastecimiento. Claro que no es así para todos, ya que nuevamente tendrán una mejor vida los que hayan tenido la suerte de nacer en el seno de familias acomodadas en el poder.

Es decir, el corolario que puede extraerse de estas líneas es que ningún sistema económico genera condiciones de vida perfectas ni está cerca de hacerlo. Ambos dejan a personas desamparadas y en ambos hay grupos de personas beneficiadas por el simple hecho de "pertenecer". No es uno u otro sistema, es simplemente la fortuna la que determina si una persona vivirá bien o mal, si tendrá recursos o carecerá de ellos. Ninguno de los sistemas aseguran nada, lo único seguro es que son imperfectos. Si se quiere ponderar algo de uno de ellos podríamos decir que tal vez el capitalismo es, al menos, más honesto, porque reconoce las diferencias estructurales y crea un campo de batalla donde las personas luchan por los recursos. El comunismo es una mentira absoluta, una utopía tan irrealizable, y pido perdón por la burda redundancia, que ni siquiera debiera considerarselo como un sistema económico posible.

Los sistemas intermedios, aquéllos que proponen un capitalismo atenuado por la participación del Estado en ciertos aspectos de la economía, tienen buenas intenciones, porque continúan con el sinceramiento capitalista de "el más fuerte gana" pero aportan dosis de asistencialismo a esos que menos fortuna han tenido. Sin embargo, una vez más vemos a estos sistemas fallar cuando pensamos que la administración de ese asistencialismo depende de personas que son naturalmente racionales y maximizadoras de sus propias utilidades.

En definitiva, los sistemas económicos son altamente imperfectos, bregar por uno o por otro se transforma meramente en una cuestión de fe. No existe fundamento técnico para sostenerlos.

Antes de finalizar, quisiera desentrañar la duda que podría surgir en la cabeza de varios lectores: si los sistemas económicos son imperfectos, ¿por qué hay países donde las cosas "funcionan"?. Los países donde la gran parte de la población vive en condiciones dignas, donde la clase media es hiper mayoritaria, son países que tienen algunas o varias de las siguientes características:
  • Chicos en extensión territorial y por ende fáciles de administrar
  • Con una población reducida y altamente calificada
  • Antiguos y que han pasado por varias "tragedias" que llevaron a su población a evolucionar y adquirir un sentido de grupo, arraigando así el concepto de bien común.
  • Extremadamente ricos, con recursos naturales y financieros lo suficientemente cuantiosos como para administrar inclusive en condiciones difíciles.
Lamentablemente la definición no es lineal, aún contando con alguna de estas características un país no será automáticamente desarrollado, pero tendrá al menos las condiciones básicas para en algún momento lograrlo, sin dudas.

martes, 12 de diciembre de 2017

Delincuencia, pobreza y economía

La delincuencia, como cualquier otra circunstancia que uno afronta en la vida, tiene enteramente ribetes económicos. La decisión de cometer un acto ilícito o no hacerlo es puramente económica, por más que cueste así pensarlo. Les voy a explicar porque.

Delinquir implica, obviamente, costos y beneficios. Los beneficios son evidentes: obtener dinero (siempre que asociemos la acción de delinquir con robar, hurtar o cualquier otro delito que atente contra la propiedad como también podría ser una estafa). ¿Y los costos? Bueno, el costo esencial de cometer un delito es la sanción posible establecida en la ley (prisión, multa, etc).

Lo interesante de este planteo es que el costo de delinquir podría ser fácilmente desglosado en tres componentes, los que podríamos titular: propensión a la captura (C), monto de la pena (P) y costos de ejecución (E). Expliquemos cada uno para poder entenderlos.

Propensión a la captura se referiría a la posibilidad de ser atrapado por las autoridades luego de haberse cometido el ilícito. Monto de la pena es ni más ni menos que la cantidad de años que el delincuente debería pasar en prisión o la cuantía de la multa que debiera pagar en caso de que la sanción fuese de este tipo. Finalmente, los costos de ejecución son sencillamente aquéllos en los cuales el actor debe incurrir para lograr su cometido -ej: compra de herramientas para forzar una puerta-, sumando además los costos de no realizar con dichos recursos actividades alternativas (COSTO DE OPORTUNIDAD)

De esta forma, fácilmente podemos crear una fórmula donde el costo total (CT) sea la resultante de multiplicar sus componentes.

C x P x E = CT

Lo que esta simple ecuación nos demuestra es que el aumento de cualquiera de los componentes recién descritos eleva proporcionalmente el costo total de cometer un delito. Entonces, para el delincuente valdrá la pena cometer el delito si el costo total (CT) es menor a los beneficios que calcula obtener (B).

CT < B

La conclusión a la que nos hace arribar este sencillo planteo es que para una persona será provechoso delinquir si gana más de lo que pierde, por lo cual el Estado tiene la posibilidad de manipular esas componentes -C, P, y en menor medida E- para lograr un aumento de CT que incentive negativamente a aquélla a cometer el acto ilícito (CT > =B).

¿Cómo se lograría esto? Bueno, por ejemplo un aumento en la cantidad de personal policial patrullando automáticamente subiría los porcentajes de captura de criminales, elevando C. O un aumento de las penas previstas en las normas subiría evidentemente P. Cómo indiqué, más difícil es la manipulación de E porque tendría que ver con costos de insumos y servicios que no sólo son utilizados con fines delictivos.

Hasta acá es todo bastante claro. Ahora bien, ¿cómo vinculamos esto con la pobreza? La respuesta también surge clara: por los incentivos. Acá entra en juego un término clave en economía, como es el costo de oportunidad. El costo de oportunidad es lo que uno pierde al utilizar los recursos en determinada actividad y no hacerlo en otra. Por ejemplo, si yo voy al kiosko y compro un alfajor con $10 estoy perdiendo la posibilidad de con esos mismos $10 hipotéticamente comprar una medialuna en una panadería. En el ejemplo el costo de oportunidad es la medialuna, por lo que se interpreta que para mi tiene mayor valor de uso el alfajor que aquélla.

Habiendo sido introducido este concepto, volvamos al problema de la pobreza. Una persona con pocos recursos económicos tendrá costos de oportunidad muy bajos. Un hecho ilícito le generará muchos más beneficios que cualquier otra actividad que desarrolle, por lo tanto siempre tendrá un incentivo mucho mayor a cometerlo que una persona que vastos recursos económicos. Para esta última, el costo de oportunidad de delinquir es altísimo, porque sus recursos rendirán mejor en actividades alternativas y así maximizará sus utilidades.

En definitiva, una persona de clase baja tiene mayores incentivos a delinquir que una de clase alta, esto siempre y cuando el CT sea el mismo para ambas personas. Hago la aclaración porque en muchos países -especialmente corruptos y desiguales-, personas de clase baja tienen una propensión a ser capturadas delinquiendo mucho más alta que aquéllas de clase elevada, con lo que el CT evidentemente no será el mismo para ellas. Sin embargo, a pesar de ello, dado que dicha propensión sigue siendo exageradamente baja, CT < B, y por ende el incentivo a delinquir permanece intacto.
Asimismo, y como ya se indicó arriba, el costo de oportunidad de una persona de clase pudiente es tan alto que no le conviene cometer un delito: sus recursos generarán más ganancias en actividades lícitas. Podría decirse, para simplificar, que una persona "rica" tiene mucho más que perder que una "pobre".

Se ve a todas luces que la pobreza genera incentivos para cometer delitos, los que podrían ser alterados por el Estado para que ello no ocurriera. Obviamente que también deberían ser adoptadas medidas para evitar que esas personas se encuentren en situación de pobreza, o mejor aún, evaluar si es menos costoso tratar al delito ex post o ex ante, es decir, si el Estado gasta más recursos bajando los niveles de pobreza -y reduciendo por lógica los niveles de delincuencia- (estrategia ex ante) o lo hace penando a los delincuentes a través del sistema judicial y carcelario (estrategia ex post). Me arriesgo a opinar que las estrategias de prevención de delitos son mucho más baratas que las de penalización del mismo, y que Estados en vías de desarrollo simplemente utilizan la pobreza y la delincuencia para fines espurios.

martes, 31 de octubre de 2017

La ineficiencia económica del actual sistema de salud argentino

El sistema de salud que al día de hoy ofrece nuestro país es ineficiente a nivel económico. Si bien suena frívolo analizar númericamente un sistema que tiene la finalidad de salvar vidas, eso no puede hacernos perder de vista que todas las decisiones de la vida tienen implicancias económicas. Si el sistema de salud fuese eficiente, podrían salvarse aún más vidas, y el Estado evitaría tanto derroche de dinero.

¿Qué significa que sea ineficiente? Sencillamente que se gastan recursos de más, recursos que podrían ser realocados para otros usos.

¿Por qué ocurre esta ineficiencia? Porque el sistema está mal diseñado. Se intentó asegurar un servicio de salud para todos y lo único que se logró es que los que más tienen puedan acceder a mejores condiciones de atención y que los que menos tienen deban "conformarse" con el hospital público. En este punto quiero hacer una salvedad, ya que de ninguna manera pienso que el hospital público no ofrezca un servicio médico de calidad, ya que los profesionales son de primer nivel, pero es insoslayable que los hospitales no tienen los equipamientos tecnológicos y, de cantidad de profesionales y asistentes, que si tienen las clínicas privadas.

Veamos un poco de que se trata. Empecemos por entender como está estructurado el sistema de salud nacional.
A grandes rasgos tenemos dos subsistemas: el público y el privado. El público se supone que es para todos, cualquier ciudadano puede acceder al mismo. El privado está reservado al que pueda pagarlo.
Ahora bien, dentro del subsistema privado, tenemos a las entidades que ofician de "aseguradoras de salud", es decir, a las obras sociales y a las medicinas prepagas. En rigor de verdad ambas son lo mismo, ya que ambas actúan como una compañía de seguros que reciben un pago anticipado del cliente para que luego, en caso de necesitarlo, este último acceda a ciertos servicios. La diferencia sustancial entre unas y otras es que las primeras se financian con dinero proveniente del sistema de seguridad social (derivación de aportes laborales) y las segundas son pagadas integramente por el cliente.

En junio del 2000, mediante el Decreto 446/2000, se desreguló parcialmente el sistema de salud privado. Digo que se desreguló parcialmente porque fue hecho a medias, ya que según dicho decreto las personas pueden optar por la obra social de su gusto -derivando sus aportes laborales- pero siempre que la entidad de la que quiere salir y a la que quiere entrar se encuentren inscriptas en el sistema desregulado. Así, el art. 1 inc. b) del mencionado decreto indica que: "A partir del 1º de enero de 2001, los beneficiarios del Sistema creado por las Leyes Nros. 23.660 y 23.661 podrán ejercer el derecho de opción consagrado en las normas citadas en el Visto, entre las siguientes entidades:...b) Cualquiera de las Entidades que se hubieran adherido al Sistema de la Ley Nº 23.661 y su modificatoria.".

Como puede verse, la intención del decreto 446/2000 fue interesante, ya que intentó abrir el mercado del servicio de salud privado, dándole la posibilidad a las personas de elegir la entidad aseguradora que mejor servicios prestase. Obviamente, al dejar libre la opción de cambio, las entidades de salud se ven forzadas a competir por los clientes, debiendo hacerlo especialmente con la relación precio / calidad de los servicios. Sin embargo, como señalé, la desregulación fue incompleta, porque permitió que algunas entidades, a su libre arbitrio, se excluyeran del sistema desregulado. Estas entidades, obrando de esta manera, evitan perder afiliados, o mejor dicho, los mantienen cautivos, presos. Es decir, estos afiliados cautivos tienen que conformarse con el servicio que les preste su obra social, sea este bueno o malo.

El sistema así diseñado se queda a mitad de camino, porque si bien su intención fue buena, no termina de generar un verdadero mercado competitivo donde las aseguradoras de salud deban prestar mejores servicios a sus afiliados, ya que les basta con no adherirse al sistema para mantener un ingreso fijo de aportes -el de todos los empleados de la rama de actividad que se vea alcanzada por esa obra social-. Evidentemente las obras sociales que hacen esto son las sindicales y las estatales, ya que no quieren bajo ningún punto de vista perder afiliados, situación que inexorablemente ocurriría si el mercado se abriese dado los pésimos servicios que brindan.

Entonces, el Estado está en deuda con el pueblo en este punto. Desde mi punto de vista ello ocurre en dos aspectos primordiales. Primero, que el servicio público de salud -que debería estar destinado exclusivamente a personas sin recursos- tiene muchas carencias por falta de presupuesto. Y segundo, que las personas que pueden aportar dinero al servicio de salud, lo terminan haciendo a entidades que ofrecen servicios deficientes, ello avalado y protegido por el sistema.
Lo ideal sería que el Estado encarase una reforma en este aspecto, abriendo el abanico de aseguradoras de salud a todos los ciudadanos, generando un mercado que sea lo más competitivo posible, invitando a las entidades a ofrecer mejores servicios y dándole a las personas la posibilidad de elegir aquélla que más la satisfaga en la relación costo / beneficio. Generando un sistema de este tipo, habrán entidades de salud que ofrecerán servicios de menor cuantía a un menor costo, y otras que ofrecerán servicios mejores, y tal vez de lujo, a un costo mayor. Los recursos de las personas irán exclusivamente destinados a la entidad de salud que mejor los utilice, lo que evidentemente redundará en la eficiencia del sistema.
Al mismo tiempo, solucionando estos problemas de alocación de recursos en el subsistema de salud privado, el subsistema público quedará exclusivamente destinado a las personas que realmente no tengan recursos para pagarse un seguro de salud, con lo que reduciéndose la demanda, mejorará la oferta por parte del Estado, el que podrá destinar sus recursos de forma más eficiente mejorando la calidad del servicio.

En conclusión, entiendo que es hora de que el Estado encare una reforma intensa en el sistema de salud, que permita lograr una gestión mucho más eficiente de los recursos destinados al mismo.